Los todos vuestros árboles

En las entrañas todas
que de cuarzo los troncos
crecieron con fervores
se cuela vuestro sueño
y deja-las henchidas
del iris y del agua
y luz que encomendaron
gentiles mis pupilas
(os abrazan de lejos,
os extrañan de cerca)
y se nutren con cada difracción más acuosa
que en las noches flemáticas lagriman,
y de folios se tupen.

¡Se nutren de también vuestras sonrisas!

En todas direcciones
vuestro aire nos impone-se
y de tanto sospiro
y de tanto lontano
que to’os días estades
yo a vos extrañaría.
El tiempo me ha traído fresnos altos
y la color del verde sus semillas
que mínima esperanza redimidas
protegen-nos, nutriéndonos sin falto.

¡Los todos vuestros árboles!

Añoro de otras tierras y otros mares

Óyeme: ¿cuántas de trampas
trajeron su carne marfil?
Si el cielo se tiñe de cielo
y el agua no sube montaña,
¿qué esperar del alba nueva?
Y también,
¿qué esperar de viejas casas?
El distrito no es ingenuo:
el pasado nos ha puesto estos peligros.

Si las luces del pasado
se preñaron de mentiras
y se ciñen en cintura
de mis brazos acabados,
si las luces más pretéritas
continúan nos-hablando
y este viento no constante
me fingiere con mentiras,

¿cómo fingir que no he pensado?

¿Cómo saber del alba nueva?
Siquiera sabiendo que duele
correr al azar por el bosque
con manos ajenas a tuyas
en pleno calor de estos meses,
sin luz ni amparo de la luna.
¿Cómo se puede ser ingenuo?,

si dan-se caricias al ocaso.

Y si este cielo aún no se hace
de cortinas de nubes borrosas
y si el cómodo velo en silencio
y las pretensiones codiciosas
se escabullen de muertes previstas,
voy a ser yo el que tome tu sueño

de estrellas, de danzar y de soltura.

El habla candorosa de la luna
y el sueño predictivo de tres soles
perderán sus tan frígidos colores
cuando no se compararen a ti,
esplendor de todos cuantos soñamos,
alba nueva, tórrida fuente, luz,
añoro de otras tierras y otros mares.

El cielo bajo tus ojos

Oráculos envidian tu mirada
y cedros y ahuehuetes
y halcones peregrinos
y peñas en la sierra
y todo cuanto esté sobre la tierra
y hasta las nubes.
        Porque has el cielo so tus ojos.

Cuéntanos
de lo que día a día catas:
ríos y lagos y lluvias de vides blancas
y los campos de joyas amarillas.
Relátanos el sabor
de la clara de la luna
y la buen yema del sol,
¡grand estrella del albor nuevo!

Opacador de todo lo demás,
del cielo ajeno
y de otras estrellas,
de luces y colores nunca tuyos,
eres tú que nos trae el alba nueva,
¡perca!, de nombre nunca
            «Venus» ni «Lucifer».

Es por eso que se fueron de esta tierra
los ocasos de letras,
las brujas,
      los cusumbos,
los ríos fríos de la sierra maledicta
               y el rencor.

La tierra te ofreció epítetos multos,
pero tú cogiste uno solo.
Por eso aquí reuní unos cuantos.

Envidia de los oráculos,
pa vos el cielo no es epopeya
sino aritmética.

Catador de los astros,
luego también sois algebrista.
Opacador de todo lo demás,
tus ojos son la sombra sobre nubes,
y más alto.

Es por eso que se fueron de esta tierra,
¡calor poquísimo del monte!

Brilla un poco más
y quemaran-se casas viejas
que no na más se echaren al olvido.
«Brilla».
    Y brillas.

Y si te llamen «tormenta»
es por diez mil gotas de lluvia dulce,
y por adornos titilantes en el suelo.

Y si te llamen «astro»
—has el cielo so tus ojos—
es también como «estrella suma brutal»
porque es de titilar de día y noche tuyo
que se envidia mi mirada nunca mía.

Y si te llamen «luz», no quedaría,
porque nunca sería suficiente.

He el cielo so tus ojos
y consigo la brasa y las tormentas
y huracanes y truenos y aquilones.

Sonríes como pasto en la verdura
y abrazas como tierra,
caricias como brisa.

«Algebrista» o «catador»
o «tormenta» o «estrella»,
es por eso que yo digo que tú tienes
el cielo bajo tus ojos.