Pajarito 1

Desde un valle de sangre y de perdices
y gárgolas de nido y reglas grises
con las letras de cartas en violeta,
pues gris es el color de los reglajes,
anunciaste con miedo de profeta
que han negado ronquidos y dopajes
y ofrecen falsa cura
e injurias con la dizque parejura
de cuantos andariegos que buscaban
penínsulas do sólo haben estrechos
y cinturas ceñidas con esquirlas
que de rojo se excavan,
o al revés, estrechos donde hay mirlas
y gallos con espadas en los pies.
Nunca les defendieron el cogecho.
Que yo me ahogo, piensan, y que yerro
de la forma decente de coger
el corazón con otro corazón
y parágrafos nobles y sin fierro,
palabras y un camión
con un paseo cualquier.

—¡Ésta no es la hecatombe!
—repetían señores en el pueblo—.
¡He —gruñeron— la purga!

Pajarito 2

Trece mil pies de altura
no fueron nada más por ver dos montes
y dos lagos y un río
y la literatura
que leo al morir. Confío
de una muerte que no es los horizontes
ni tres o cuatro mundos paralelos
cuales tierras, los mares entre dedos,
o dominios de anhelos y de espantos
de un hombre zapatero o de un uno santo.
Yo que he estado tan alto como pies
trece mil, y el quebranto
de uno minuto en caída libre,
dos minutos después
tres minutos pavor,
y el resto bajo telas
contra viento y vértigo, sin que vibre
ni el paracaídas de un triste azor,
ahora puedo contar trece novelas
como trece paisajes en despiece
o trece diàs de un año dos mil trece.

—¡Ésta no es la hecatombe!
—repetían las dueñas en el pueblo—.
¡He —bramaron— la purga!

Pajarito 3

A mí, que he marchado trece mil millas
con miles andariegos y andariegas
de trece y un mil villas
ciegas, o a veces ciegas,
déjame yo escribir también tu carta
de sangre y de perdices
como tu tierra magra, todo harta
de señores decentes, con raíces.
«Ésta es hecatombe», grito salobre;
«Lo es», silente dices.
O que aforismo empero fiel muy pobre
no hay más que no sea bulo
del cálculo que excretan casi nulo
de la boca o del sucio pensamiento
en paraísos nobles.
¡Ay de diablos y eventos
condenados a travesar sus astas
de fuego y buenos robles
en hombres buenos y señoras castas
que no han más que dolor que purifica:
nunca han libídine ni han molicie
—mortal algarabía nunca rica—!
Al jardín faltan pomos
que en el cielo caen al suelo con ganas;
malsana su podrida superficie
que en higos no confía,
que falta de ornato, falta desyerbo.
Edén no es geografía
ni filosóficamente lo mismo
que el cielo de oro o el perfecto istmo:
en el edén no conocen sus cuerpos,
en el cielo los sufren sin quejía.

—¡Ésta no es la hecatombe!
—repetían los guambras en el pueblo—.
¡He —berrearon— la purga!

Pajarito 4

Si vos también te pierdes en los senos
de meandros de blanco y negro y ronco
y reglas grises y gárgolas rojas
siempre que la buen agua fluya floja
y vuelen volando mirlos, truenos
roncos, y robles tristes y sus troncos
broncos con trece águilas raptoras
de dedos ágiles y larga garra,
¡oh, Marciano!, confirma, ¡oh, Marciano!,
que pudieras ser, tú, águila amarga
que canta con meadros blancoinegros
temprano en la mañana o viejas horas.
Martillos has huyendo de tu mano,
¡eleuterio de cuerdas! Yo te integro,
permite venga al verte mi galaxia,
acrinéctar con tres onzas de miel
fiel, con anís y casia
y sales y tropeles de simientes
de tres tipos, almendras y amarantos
y marañones, que molieren dientes
tuyos con mi joyel:
se derrama
por tu talla africada, muelle llama,
lumbar frigor y éxtasi con llanto.

—¡Ésta no es la hecatombe!
—repetían cobardes en el pueblo—.
¡He —chillaron— la purga!

Pajarito 5

Si me traes tus minutas,
las explayas como gárgolas tiesas
no feroces ni insensatas ni brutas,
tersas como meandro, monte, altiplano,
como un palacio lerdo
con mil doradas piezas
se raptan con recuerdos,
mi voz te acompañaría, Marciano,
gruñendo: «¡Ésta sí es una hecatombe!»,
bramando: «¡Ésta sí es una hecatombe!»,
berreando: «¡Ésta sí es una hecatombe!»,
chillando: «¡Ésta sí es una hecatombe!».

—¡Ésta no es la hecatombe!
—repetían los nobles en el pueblo—.
¡He —clamaron— la purga!

Heme que por a ti, aquí en un llano,
dicto que sí, que sí, que sí, Marciano,
que tú me has derrotado: que te gano.

—¡Ésta no es la hecatombe!
—repetían señores en el pueblo—.
¡He —gruñeron— la purga!

—¡Ésta no es la hecatombe!
—repetían las dueñas en el pueblo—.
¡He —bramaron— la purga!

—¡Ésta no es la hecatombe!
—repetían los guambras en el pueblo—.
¡He —berrearon— la purga!

—¡Ésta no es la hecatombe!
—repetían cobardes en el pueblo—.
¡He —chillaron— la purga!

—¡Ésta no es la hecatombe!
—repetían los nobles en el pueblo—.
¡He —clamaron— la purga!

«¡Ésta no es la hecatombe! ¡He la purga!
¡Ésta no es la hecatombe! ¡He la purga!
¡Ésta no es la hecatombe! ¡He la purga!
¡Ésta no es la hecatombe! ¡He la purga!
¡Ésta no es la hecatombe! ¡He la purga!»,
decían los señores y las dueñas,
los guambras, los cobardes y los nobles.
Nosotros replicamos dignas señas:
tallando las promesas en un roble.

Pajarito 6