Ese día
baladamos unos verbos hacia tras.
Dijimos: «¡Parad!,
que no es juego mental de un campeador.

Os veis como yelmo de monte.
Nadie quiere verse
como yelmo ni de monte,
ni de niun otro lugar.»

Ese día un noprogramador
–un «mortal», como decimos–
nos dirigió una cuestión simple, como
“¿Por qué uno más uno no es cuarenta-y-dos?”
El monte de risas explotó de ajos
–así: ¡bum!– si no entre nosotros
una vorágine espinoza arrastraba
sus vestidos más coquetos.
–Decidnos su nombre y su nombre
de usuario también
por agregalla, y cogella
a golpes por perra.

Un día jugábamos a baladear
alamanos y lanzas y espadas-y-pelotas
–el lobo más de los ejercicios mentales–.
Esa época pasó como un fantasma
por una residencia
de fantasmas, un cuento
que escribimos y olvidamos
porque ya no escribimos cuentos
o porque son muy malos.
Y vimos y dijimos que era bueno
pero no replicasteis igual hasta más tarde,
que dijisteis lo contrario.

Un día dejamos de jugar
a balancear alamanos
y otras bagatelas.
Escuchabais comentaristas
energúmenos, malas manos
y malas palabras
y malas nociones ultrafronterizas
–tierra de moras-moras añejas en muriato–.
Y dijimos, “¡Qué sarta de ignorantos!”
Y no nos escuchasteis
porque los ignorantos gritan mucho y muy fuerte,
y hablan de changos y ballenas
y a todos les gustan los changos y las ballenas
excepto a los paleobotánicos,
que nos gustan las titanoboas.

Un día decidimos que no era fácil
seguir con la vida de uno.
También decidimos que no hay vida allende:
no crecen jitomates con repollos
porque se secan.
Entonces lo que nos queda: es
seguir con la vida de uno
aunque no sea fácil y aunque
haya que comer jitomates secos.
Pues no podéis vivir la vida de los otros
si no la vivieron ésos mismos.
Y luego será de crecer
sus propios jitomates y sus huevos.

Un día decidimos que
no queríamos sentarnos en el bote de la vida
y ser el mejor remador de todos.
No. Queríamos pararnos, sacar los binoculares,
apuntar con el dedo al ocaso
y decir a la tropa dónde ir.
No porque el mero hecho del poder
sea placentero, sino
porque creemos poder llevarnos
por caminos que nadie ha descubierto.
Dicen que nadie quiere ver delante
porque hemos la vorágine en afar.
El vero desafio no es en cuánto remes
más duro o más rápido,
sino en evitar el malo clima
y traerse por las brazas gentiles.
Dicen también,
el que se sienta en medio
le toca remar.

Un día un conejito saltarioso
decidió que no hay tierra de lúpulos;
nada se hace amargo, ni lechugas.
Y así fue dándole posada
a cualquiera que traía su zanahoria.
¡Cómo les daba! Un día dio un brinquín
y el agua rebotó por sus taleras.
«No hay falta que mintáis vuestros lintares.»
Pues vemos vuestros hoyos
de conejo; y también vuestra madriga.
Baladó también en su mañana,
en su tarde; en la noche,
su geremía se hacía escuchar.

Un día baladamos
un pedazo de jamón silvestre marciano
y, ¡qué pena!, nadie lo comió.
Otro día baladamos de unos remos-oropéndolas,
pero no importa, porque ya no queremos remar.
Una vez más vieja
trazamos la orografía charcha; no sirvió.